Luz, cámara, sexo

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Hasta hace algunas semanas, si alguien me hubiera preguntado cuál es la escena de sexo filmada en territorio nacional que primero me salta a la mente, habría respondido sin vacilar: Javiera Díaz de Valdés temblando sobre una lavadora mientras un Boris Quercia muerto de calentura le hace el amor. No tendría nada de original, ya que fue uno de los fragmentos más comentados de Sexo con amor, pero quedó completamente destronado de mi memoria cuando vi Tony Manero un gélido viernes de agosto. La erección desganada de Alfredo Castro mientras Amparo Noguera le practica una fellatio, también desganada, sin interrumpir su monólogo sobre asuntos domésticos, es de las escenas más inesperadas e inolvidables del cine chileno.

    Desde que la prostituta encarnada por Schlomit Baytelman desvirgara a un quinceañero en Julio comienza en julio han pasado casi 30 años y bastante agua bajo el puente. A saber: un encendido polvo outdoors entre Gloria Laso y Patricio Contreras en La Frontera, la consagración de los pechos de Marcela Osorio en Sussi, el grito ahogado de Néstor Cantillana cuando su orgasmo se confunde con un gol de Chile en Historias de fútbol, las escenas turbulentas del Chacotero Sentimental, el sexo amable y algo insípido de En la cama, la traición del padre al hijo en La sagrada familia, y muchísimas más que ni recuerdo, o sea que tampoco deben ser muy memorables (pero que probablemente se puedan revivir en “Amor a la mala: sexo en el cine chileno”, un documental en post producción de cuya existencia me acabo de enterar).

El caso de Tony Manero es interesante porque se generan discusiones acaloradas entre quienes la encontraron una basura –sobre todo las escenas de sexo, calificadas de grotescas e innecesarias en varias críticas y blogs– y quienes creen que tiene varios aciertos por sobre otras cintas nacionales, justamente (y entre otras cosas) por las escenas de sexo. Me sitúo en este último grupo. Las escenas de sexo de Tony Manero son como la cinta misma: tan desquiciadas y crueles como la mente sicópata del protagonista; tan tristes como los colores deslavados de la fotografía; tan crudas y carentes de compasión como la gran mayoría de las tomas. Eso las hace grotescas pero absolutamente necesarias. No sólo porque sostienen buena parte de la sordidez de la película (y por Dios que es sórdida esta película), sino porque se atreven a mostrar esa parte del sexo a la que todos nos hemos asomado alguna vez: el sexo sin amor, el sexo frío y egoísta, ese que rara vez aparece en la pantalla grande en todo su violento esplendor pero que vaya si existe en la vida real.

No debe ser fácil filmar un polvo, pero aventuro que tampoco siempre es fácil verlo. Una cosa es mirar a Angelina Jolie follando con Brad Pitt o la mítica escena de Marlon Brando con los dedos enmantequillados en El último tango en París, y otra muy distinta es ver cómo se encaman los compatriotas, esos que hablan como uno, esos que uno hasta ve de repente en el supermercado. Es perturbador, para el chileno con fama de cartucho, mirarse en un espejo de las dimensiones de una pantalla de cine. Así no tiran los chilenos, pensarán algunos en la oscuridad de la sala.

Nadie sabe cómo tiran los chilenos, fue lo que pensé yo mientras Tony Manero descargaba su brutalidad en la cama.